Un grupo de personalidades españolas ha firmado un manifiesto de apoyo a la II República, a sus valores y a lo que durante ese breve periodo de tiempo se consiguió. Personalmente, firmaría pocos manifiestos en el caso de que me los pusieran delante. Lo haría con el Yo acuso, de Emil Zola como compendio de valores y denuncia de la miseria y el miedo que suele atenazar al poder. Poco más, tal vez el We, the people..., pero esa es otra batalla. Esta proclama es, sobre todo, innecesaria. La nostalgia (que me perdone Juaristi) es un bucle del que resulta difícil desembarazarse y, a veces, es necesaria la intervención de un sentido común poco frecuente en España para romper el nudo (no queremos más Alejandros). Como todos los sentimientos, resulta irracional y, por lo tanto, peligroso cuando no cómico (no dejen de ver las nuevas olimpiadas que va a organizar Ibarretxe. Está bien mirar de vez en cuando las fotos de la infancia, pero resulta patético tratar de quedarse atrás.
La II República tuvo cosas fantásticas, es cierto. Entre ellas cabe destacar el sufragio femenino, la extensión de la educación o la ILE. Sin embargo, tuvo otras tantas por las que debe quedarse en los años treinta y no regresar: nunca respetó el sistema de mayorías y el incumplimiento sistemático de la ley llevó al país a la guerra. Nadie firmaría en Alemania un manifiesto de apoyo a la República de Weimar. Por favor, cierren el álbum de fotos.