Mensaje para un paseado
No tengo por costumbre escribir para contestar los comentarios de los miembros del foro, pero en esta ocasión lo voy a hacer porque la crítica no se refiere a mí de manera directa. Me dice un paseado, a propósito de las críticas al manifiesto en defensa de La República, que mi opinión se debe al hecho de que no me mataron a nadie. Tiene razón. A mí no me mataron a nadie, sobre todo porque por aquellos tiempos difíciles yo seguía plácidamente mi vida en el limbo. No me hice carne hasta el año setenta, así que tardé unos cuantos en recuperar la memoria de lo que tuve la suerte de no vivir. Pero, sin embargo, y como acabo de decir, guardo en mi recuerdo las experiencias, las vivencias, el miedo y el sufrimiento de las personas con las que me crié. Quiero decir que mi educación sentimental sí pasa por la república, la guerra y la dictadura. Pues bien, en esa memoria está mi abuelo. Tuve dos, pero sólo conocí a uno. El otro murió con los bronquios rotos a causa de los días pasados con el agua al cuello en la Batalla del Ebro. Pasó la guerra luchando sobre un caballo por las ideas que finalmente resultaron vencedoras.
El que a usted le interesa (el que en más ocasiones evoco) atravesó la contienda a lomos del miedo, en ese corredor de espanto y muerte en que se convirtió San Marcos. Mi abuelo fue un represaliado (lo siento, no le mataron, no puedo exhibir pureza de sangre), pero no es por eso por lo que me siento orgullosa de él. Mi sentimiento nace de su valentía. Fue valiente porque sabiéndose perseguido y vigilado durante la guerra tuvo el arrojo de ayudar a todos los rojos heridos(muchos maquis) que acudieron a su consulta. Fue valiente porque tras salir de la cárcel siguió siendo un amigo grande de sus grandes amigos de derechas (y de izquierdas, ojo). Fue valiente porque a pesar de su historial de republicano, rojo y masón siguió haciendo alarde de sus ideas durante la dictadura. Su dignidad estuvo siempre por encima del miedo. No hay muchos que puedan decir eso
Y fue valiente porque a pesar de todo eso consiguió que ni sus hijos ni sus nietos sientan la necesidad de vindicar su vida en actos públicos con la lectura de manifiestos sectarios y a la sombra de banderas preconstitucionales. Su gran éxito no estuvo en ser un represaliado, sino en no parecerlo. Pero tiene razón, a mí no me mataron a nadie.
