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La Coctelera

Desde la cannaba

Por Cristina Fanjul

21 Abril 2006

En un lugar de Manhattan

Dios de mi vida! Si tuviera tantas personalidades como se me atribuyen no tendría tiempo de casi nada más. En fin, que no, que no necesito alter egos, aunque si quisiera uno me pondría un nombre más acorde con mis gustos literarios, como Holden Cauldfield, la personalidad maestra de Salinguer. Tampoco censuro los mensajes de los miembros del foro, a no ser que sean tan indignos como para vengar viejas ofensas sirviéndose del anonimato, utilicen el blog para insultar o sean demasiado vulgares. Pero lo que es a mí, podéis seguir poniéndome a escurrir.
En cualquier caso, hoy toca hablar de Cervantes, y lo voy a hacer sirviéndome para ello de un pasillo argumental. Hace tres meses (creo, porque últimamente los acontecimientos se amontonan sin los muelles de los periodos temporales) asistí en Madrid a la representación de la obra de Albert Boadella En un lugar de Manhattan, una fábula moderna acerca de la eternidad del espíritu quijotesco. El Teatro Albéniz sirvió de casa solariega a un dúo que se enfrentaba a las miserias del tiempo y la sociedad contemporánea con desconcierto. Para empezar, Els Joglars coloca la acción en la capital del mundo. Las tablas de un teatro de Broadway sirven de escenario a una farsa en la que los clichés del mundo postmoderno tratan de eliminar el espíritu cervantino. Los delirios caducos de una directora argentina (con todo lo que eso supone) obligan a los miembros de la compañía a traicionar el ingenio del Hidalgo por pobres eslóganes en los que impera el sinsentido de las corrientes psicológicas más torpes de finales del siglo pasado. En medio de ese mundo que se cae aparecen dos personajes aparentemente locos (en realidad acaban de salir de un psiquiátrico) que proyectan de manera magistral la cordura de Cervantes sobre un desaguisado en el que las goteras intelectuales acompañan a las del propio teatro. Quijote y Sancho, la melancolía de un castellano y la socarronería de un catalán, dos outsiders que consiguen hacernos creer que, a pesar de todo, aún quedan Quijotes en España. Albert Boadella es el mejor ejemplo. Me gustaría ver la obra en León.

Tags: literatura

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