Qué leer
Un tribunal norteamericano ha vuelto a librar a Dan Brown de la verguenza de admitir que El código De Vinci es un plagio. Tengo para mí que lo vergonzoso sería que encima de todo se demostrara que este charlatán contemporáneo ha tenido la torpeza de copiar una mediocridad tan lamentable. Con la de tesoros que se pueden intertextualizar y va el americano y reproduce una vulgaridad, que da dinero sí, pero una vulgaridad. Aprovecho esta anécodota porque he leído en Le Monde (por cierto Allez Zizou, también hablan de que Zidane va a renunciar a su último año de contrato en el Real Madrid) que esta clase de libritos pueden ayudar a enfocar los gustos de la gente hacia el imán de la lectura. Yo creo que no, que hoy en día acudimos a una curiosa paradoja: los adultos leen literatura infantil y los niños adquieren obras serias. Sólo así se explica que el horror burdo de Dan Brown se vea por doquier. Y lo que más perpleja me deja es que en un aburrimiento (lo confieso, sí, yo también lo he leído, no quería pero una voz de sirena me llevó hasta el abismo) tan atroz siga arrastrando a tantos cientos, miles, millones... Ya ven ustedes, y no paran de acusarle de plagio. Es lo que tiene el bendito mercado, que no, que no hace falta ser Sergio Pitol (México necesita otro Colegio de ídem), Kennedy O'Toole, Salinguer, Paul Auster o Arrabal (el quijotismo de La hija de King Kong me sigue fascinando). No, que va. Simplemente tienes que demostrar que los misterios del Apocalipsis están encerrados en cualquier cueva del sur de Francia (¿porqué será que todo pasa siempre en las catedrales góticas de la Grandeur), que los hijos de Cristo trabajan en algún punto entre Roma y Nueva York y que el Vaticano es el centro de oscuras sociedades maquiavélicas (por supuesto la piedra negra de la Meca no se toca). No entiendo cómo ante tanta sabiduría críptica, alguien sigue prestando atención a historias simples de mujeres como Thérèse Desqueyroux o Mme Bovary . Resulta peligroso vaciar de esa manera la capacidad intelectual de la sociedad. El fascismo siempre entra a través de mensajes simples.
