Auster
Les pedí a los poetas que intercedieran por mí y votaran por Paul Auster como ganador del premio Leteo de este año. Fue justo al día siguiente de que Houellebecq y Arrabal convirtieran San Marcos en el conciliábulo literario español. Recuerdo que hablamos de la necesidad de abrir las puertas del galardón a las letras americanas, de reconocer la brillantez y genialidad de un escritor que graba sus novelas con la forja de lo cotidiano, de lo usual, con el brillo efímero de lo instantáneo (la nostalgia del presente), que es, por otro lado, lo único con valor de eternidad. El laberinto de la casualidad (como en La invención de la soledad) hizo que el pasado mes de junio, el jurado de los Príncipe de Asturias concediera al neoyorquino el galardón de las Letras. Que conste que no había querido hablar del autor de Leviatán para no caer en lugares comunes, para no referirme a los adjetivos que tantas veces se han usado para describir una obra que considero imposible de encerrar en un puñado de frases. Porque ¿cómo reducir su creación a una simple imagen? En los últimos meses, he leído multitud de elogios y algunos (los menos) comentarios displicentes sobre Auster. Pero, por lo general, siempre se reducen a lo mismo. Describen con aburrimiento aliterante su compromiso con la teoría del azar. Y, si, es cierto que su obra vive cautiva de la fatalidad, pero como circunstancia a través de la cual dibujar la historia del hombre. La música del azar es un ejemplo. El hilo conductor es la casualidad, pero esta tela de araña por la que vagan los protagonistas es utilizada por Auster para dibujar el miedo, la valentía, el desencanto, el desamparo, la certeza del futuro y la ilusión de que tenemos algo que decir. Auster deja, no obstante, espacio a la esperanza y nos hace ver que Jonás puede salir de la ballena. Va más allá, nos demuestra que en algunas ocasiones son otros los que nos salvan salvándose a sí mismos (Gepetto y Pinocchio), como en el cuento de Auggie Wren, esa historia que desentumece el corazón. Como decía el clásico
Bajo tierra va todo/sigue el juego.
