Conocí a Victoriano Crémer mucho antes de saber quién era. La primera vez que oí hablar de él su nombre no respondió a la evocación de ningun verso, no se hablaba de literatura, no era una conversación erudita. En realidad, el día que aprendí su nombre me enteré de algo más, y fue precisamente esta circunstancia la que hizo que recordara esas seis letras durante mucho tiempo. Resulta extraño lo invencible que resulta la sensación de seguridad que tienes cuando la infancia corre aún de tu lado y es alarmante darse cuenta de qué sencillo es que ese estado de «a salvo» se esfume en un instante. La vida zarandea y, de repente, te aventuras por zonas que ni siquiera sabías que pudieran existir. Fue mi abuelo el que me presentó a Crémer, aunque él nunca estuvo allí y yo, tal vez, tampoco debería haberlo hecho. «Esa noche me despedí de él. Llevábamos tiempo sin hablarnos en la celda, ni siquiera recuerdo ya porqué. Cuando abrieron pensé que me tocaría a mí, pero no... Nos despedimos sabiendo que no nos volveríamos a ver. Esa noche le mataron». Después de eso dijo algo acerca de alguien llamado Victoriano Crémer, un nombre lo suficientemente sonoro para que se fijara en mi memoria. Así que esas tres palabras: abuelo, cárcel y Crémer se mezclaron en mi cabeza durante mucho tiempo y no fue hasta mucho tiempo después que me atreví a preguntarle porqué había estado en la cárcel. Nunca le había visto antes como alguien que se lo mereciera, así que no era capaz de asimilarlo. Tras aquella conversación, comencé a montar el puzzle formado por la guerra, la República, San Marcos, el Arco de la Cárcel, el exilio, la cárcel... El primer libro que leí de Crémer fue El Libro de San Marcos , su obra sobre el campo de concentración. Conocí a través de su relato la vida que mi abuelo había penado durante tres años, experimenté las alucinaciones españolas y compartí la soledad y el miedo de aquel trágico momento:

Así, con el más alucinante de los ejercicios solía comenzar nuestra jornada de retenidos. Se trataba de sobrevivir. Se abría la celda con un furioso rechinamiento de hierros que era como un aviso de dureza, de amenaza (...) y corríamos hasta las letrinas, ya inmundas, ya inundadas, ya cubiertas de mierdas, de vomitonas, de sangres, y provocar nuestras defecaciones y volver al lugar de concentración antes de que los guardianes irrumpieran con sus vergas, con sus machetones, con sus mosquetes, manejados como mazas y corvintieran a los rezagados en espantosas figuras rebozadas en porquerías (...).

Este libro es parte de mi educación sentimental, igual que la figura de Crémer, al que conocí -¡qué ironía!- muchos años después de que mi abuelo muriera en el exilio fraternal. Me alegro de que 70 años después, Victoriano haya visto pasar el ataud de sus carceleros y él cumpla cien pensando en San Marcos como un lecho de plumas para apostólicos azares, sin que el peso de la memoria le ponga en peligro, sin lastres.