Babel
El dolor es el idioma que nos une. Es entonces (cuando sufrimos) que nos damos cuenta de las cosas que importan, que somos capaces de atisbar esa sensación dulce de agradecimiento ante la vida, fugaz, inclemente, la mayoría de las veces monótona y siempre dura, incluso cuando parece llegar empaquetada de dicha (¡qué poco dura esa sensación!). Sin embargo, el dolor siempre está ahí, acechando (ojo, parece decir, cuando te quieras dar cuenta volveré, y nada volverá a ser lo mismo). Y es precisamente esa sensación exclusivamente humana la que nos reconcilia con los demás. Sólo de ese sentimiento surge la esperanza, incluso en aquellos momentos en los que parece que todo está perdido. Ese es el gran regalo de los dioses: el momento en que nos sentamos, cuando la piedra ha vuelto a caer, y vencemos la desesperanza, aunque sepamos que el desaliento volverá una y otra vez.
He visto la que considero mejor película del año. Con Babel, Alejandro González Iñárritu cierra su trilogía sobre el dolor y les aseguro que es una obra maestra, magia que te golpea y sigue latiendo días después. Porque la descripción de esta Babilonia contemporánea ha nacido con la pretensión de quedarse en la mente del espectador, y regresa una y otra vez, como los recuerdos que un día nos secaron las tripas. Las cuatro esquinas del mundo se convierten en una y con ellas González Iñárritu nos coloca ante un espejo, logrando que sintamos piedad ante lo que vemos.
