Que Clint Eastwood es un genio es algo que a nadie se le escapa. Con Banderas de nuestros padres, el gran director republicano vuelve a demostrar que no existe casi nada y, lo que es más importante, casi nadie a quien puede retratarse con total certeza. Para dibujar este cuadro sobre el sentido de la vida y sus pasajes, Eastwood ha recuperado uno de los capítulos más olvidados de la Segunda Guerra Mundial: la batalla por Iwo Jima, una isla desértica y volcánica de Japón donde fueron a morir miles de soldados. Y, como metáfora, se sirve de la bandera que los americanos colocaron y que sirvió para conseguir fondos con los que sufragar una guerra cuyo resultado era todavía incierto. Tres soldados, tres niños en realidad, que se ven obligados a adquirir un rol de héroes con el que no se identifican, una administración que les utiliza de manera cínica y tal vez necesaria, para devolverles después a la muerte o a una vida que ya siempre verán como algo ajeno. El director nos pasea por el horror de la guerra para sacarnos de su escenario y colocarnos de manera brutal frente al espectáculo en que se convierte fuera del campo de batalla. Una vez más, no hay buenos y tampoco malos. Hay miserias y pequeñas grandezas porque, en resumen, incluso los actos más grandes siempre se tamizan por el filtro de la distancia, de la rutina hacia la que siempre deriva la vida. Por eso sólo los muertos se convierten en héroes. Si sobrevives a un acto heroico, este se irá mojando poco a poco por la lluvia de la cotidianidad y la vida, que por lo general es más dura por vulgar que la guerra, hará que ese papel desaparezca. Y un día, aquellos que hicieron historia y fueron aclamados como salvadores de la libertad se toparán con sus vidas reales, ya sea arando la tierra a cambio de un jornal de miseria, adecentando los rostros de los cuerpos sin vida o vendiendo seguros en un polvoriento pueblo de Tejas. Ya no existirá el rostro que cinceló la estatua y su valor se asimilará a una idea abstracta, a un símbolo sin nombre. Como conclusión, Eastwood nos pone frente a la victoria real, la de un hijo que no llora por el héroe (aunque quiera conocer su historia), sino por el padre que muere en un hospital y no en el campo de batalla. Y, como siempre, deja para el final un cierre que nos revela la fugacidad de lo que somos. En un flashback magistral, resucita a los soldados muertos para mostrarnos cómo la libertad individual puede superar incluso la tragedia y el sinsentido de la guerra.

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