La ley del cine
Está muy bien eso de la ley del cine. Es como si fuéramos a una librería y no pudiéramos comprar un libro de Roth porque la protección de la literatura española reservara un 25% a los autores patrios. Me decía esta semana un empresario de salas de cine que es normal que los productores hagan bodrios como Isi & Disi (No sé si lo he escrito correctamente) porque después Andrés Vicente Gómez puede hacer películas serias y financiar a Ray Loriga su versión particular del éxtasis de Santa Teresa. (Se le olvida que ese horror grotesco y chabacano se financió también con fondos de todos). El caso es que, de salir adelante esta ley, en lugar de Cartas desde Iwo Jima (que por cierto seguimos esperando) estaremos obligados a tragarnos algo como la enésima entrega de Torrente. Supongo que a las televisiones se les obligará a dedicar más porcentaje aún a socorrer a la producción del cine español y que nuestros impuestos se dedicarán a pagar a los pobrecitos actores para que, además, no podamos ver las películas que queramos. Mucho me temo que, de seguir por este camino, las salas de cine desaparecerán antes o después. Normal. Si a las calamidades a las que hay que enfrentarse al entrar en una sala (ruidos guturales, comentarios a destiempo, amantes cursis y cargantes y aire acondicionado a destiempo) se une la obligatoriedad de ver las películas que quiera el Gobierno, el resultado es claro. Prefiero quedarme en casa con el home cinema. Allí puedo ejercer la libertad de elección, es más barato y no tengo que enfrentarme a compañías inadecuadas. Además, puede que al final se vaya incluso contra lo que se quiere defender. Serán muchos los que se bajen las pelis, aunque para eso esta el canon y esa es otra película.
